miércoles, 5 de diciembre de 2012

ECONOMIAPARATOD@S-

MANU-COPYRIGHTS
ECONOMIA CRITICA PARA TOD@S-
ECONOMIE CRITIQUE POUR TOUT LE MONDE
ECONOMICS FOR ALL.

Todos los días lo escuchamos. “Crecer para crear empleo” es una afirmación que suena a rezo y es repetido como un mantra por casi la totalidad de los sindicatos, un amplio espectro de la izquierda y la derecha europea en pleno. Coinciden en su fe y depositan sus esperanzas en un método de salida a la actual crisis que no es más que la versión neoliberal del milagro del pan y los peces donde al final, a la depresión actual le sucederá necesariamente un periodo de recuperación en el que asistiremos a la alegre vuelta de las economías nacionales a la senda salvadora del crecimiento y como consecuencia directa, a la creación automática y masiva de puestos de trabajo. Esta argumentación muestra una lógica aplastante en las distancias cortas, pero en estos momentos es una farsa. Es necesario realizar un análisis más en profundidad y con algo de perspectiva para dar cuenta de su imposibilidad en el contexto histórico actual. Su alta carga ideológica pasa desapercibida, pero es el eslogan de una lógica económica muy concreta, que está instrumentalizando los tiempos de crisis para acelerar en el cumplimiento del guión neoliberal hacia un totalitarismo económico global. Mientras tanto, el miope debate político entre conservadores y socialdemócratas se centra exclusivamente en que tipo de medidas son las adecuadas para reproducir, lo antes posible, las condiciones objetivas para que el milagro se produzca.
Lejos de responder a cualquier estímulo, la realidad económica y social se dibuja como un callejón sin salida. El cerco a la actual crisis, que no tiene un carácter cíclico y que podríamos categorizar como sistémica y civilizatoria, está anclado en cuatro puntos para los que el Capitalismo no tiene respuestas aceptables desde presupuestos de equidad, cohesión y paz social; tampoco para la propia viabilidad del sistema. Deuda, Técnica, Explotación y Finitud aparecen como puntos tensionales al propio Capitalismo derivados de su hipertrofia y despliegue sin límite. Las implicaciones que tienen estos términos en la asfixiante situación actual son determinantes.
Lo más difícil, lo menos explicado y a la vez, lo más importante que tenemos que entender para saber en que punto nos encontramos es que el aparentemente sólido esplendor económico de las últimas décadas estuvo sustentado absolutamente en la Deuda. Parece que “Deuda y Crecimiento” son dos conceptos contradictorios pero si reemplazamos Deuda por Crédito y reformulamos como “Crédito y Crecimiento”, empezamos a entenderlo todo. Deuda y Crédito son las dos caras de la misma moneda. La concesión de créditos masivos y a todos los niveles ha sido la forma de sustentar la ficción de la espectacular expansión de las economías desarrolladas. Era una ficción en la medida que la aceleración de la actividad económica tenía casi únicamente que ver con la capacidad financiera para trasladar a través del crédito la expectativa de riqueza futura al presente. El formidable desarrollo del tejido productivo no tuvo relación con el aumento objetivo de las necesidades de la población, sino con una presencia exagerada de liquidez que provenía del crédito y que necesitaba cristalizarse en todo tipo de bienes como otra forma especulativa más de la economía financiera para crear depósitos de valor. Nuestras sociedades de consumo se dedicaron a dilapidar en un muy corto periodo de tiempo la riqueza que correspondía al futuro y lo arrasamos. Esta es la razón por la cual vivimos el momento presente como ausencia de porvenir. En este sentido, el crack financiero de 2008 podríamos considerarlo como el fin del mundo conocido para las opulentas sociedades occidentales. Fue el año donde la circulación financiera quedó estrangulada y despertamos sobresaltados del sueño de amplia prosperidad en el que estábamos sumidos. Este crack fue un punto de inflexión donde la actividad de los actores financieros internacionales pasó casi instantáneamente de la concentración de sus energías en el despliegue ilimitado del crédito a orientar todos los esfuerzos en el repliegue y el retorno de la deuda. La economía global se mostró en si misma como una formidable estafa piramidal con forma de burbuja y reventó.
Esta contextualización histórica es imprescindible para entender que en la afirmación “Crecer para crear Empleo” se obvia el formidable peso que tiene actualmente la economía financiera. Aunque aparentemente aparezca como una secuencia lógica, simple y cerrada, está ausente un elemento esencial y su enunciado está incompleto. Este componente ausente del que ya hemos hablado se llama Crédito o lo que es lo mismo, “Deuda para Crecer y crear Empleo”. Asistimos horrorizados a la conclusión; la propuesta para salir de la crisis se plantea en los mismos términos que nos despeñaron en ella. En un momento donde la deuda asumida por algunas economías nacionales aparece como impagable, lo que se pide es restaurar los niveles de crédito anteriores a la crisis. Para ello, el sector financiero en su conjunto tendría que suicidarse. Los gobiernos han apostado por salvar momentáneamente los muebles iniciando una huida hacia adelante que ha convertido al Estado en el principal avalista de los excesos financieros al abrir un cauce ingente y continuo de flujo desde las rentas del trabajo a las rentas de capital a través de los rescates bancarios y la emisión de deuda soberana. La cobardía política o la ignorancia de nuestros representantes es máxima. No trasladan con toda su tragicidad lo que es un secreto a voces; que una “Economía real”, enunciada como aquel ámbito social donde se administran los recursos que son escasos, con objeto de producir bienes y servicios, y distribuirlos para su consumo entre los miembros de una sociedad, no sería suficiente como para sostener la forma de vida y el gigantesco castillo de naipes en que se ha convertido la civilización occidental, apoyada absolutamente en el exceso proporcionado por la ficción de la “Economía financiera”. El problema se muestra como no resoluble y es la consecuencia llevada al extremo del fenómeno de Financiarización de la economía, como proceso de dominación a escala internacional del mercado de flujos financieros sobre el mercado de intercambios de productos reales.
Una vez desvelado que la Deuda es la base que se propone para poner en funcionamiento la recuperación económica, la siguiente problemática a analizar se encuentra en la relación aparentemente directa de causa-efecto entre Crecimiento y Empleo. Esta relación está cada vez más mediada por la Técnica. El alto nivel tecnológico alcanzado exilia masivamente al factor humano del trabajo. Como sociedad somos capaces de producir mucho con un empleo de mano de obra muy limitado. La tecnología, al reemplazar el papel del obrero tanto cualificado como de un nivel inferior, produce un efecto que tiene que ver con la cantidad y la cualidad del factor trabajo requerido.
Conocimientos muy complejos han sido sistematizados en las máquinas que son utilizadas en muchos sectores productivos y ya no son necesarias, en el centro de trabajo, personas expertas ni un elevado número de trabajadores. La mano de obra empleada además de reducirse en número es más fácilmente reemplazable. Como consecuencia, la tasa de crecimiento necesaria para absorber grandes cantidades de desempleados, aumenta y el trabajo se precariza. Es muy posible que cuando en el futuro la economía haya tocado fondo, podamos ir a tímidos repuntes de crecimiento donde no haya creación de empleo e incluso se sigan destruyendo puestos de trabajo. El exceso de riqueza derivado de la aplicación del progreso tecnológico a los procesos de producción se convierte en mayor acumulación para el Capital. Vivimos en la peor pesadilla de aquellos que confiaron en la Técnica como la clave para la emancipación del trabajo y la consecución de un reparto equitativo de la riqueza.
El aumento de la Explotación laboral también distorsiona la relación entre Crecimiento y Empleo. Es legitimada por la delicada situación actual, se invoca a través de la cultura del esfuerzo y se vive por el trabajador con la resignación que proporciona el miedo a la perdida del puesto de trabajo. El emprendedor ha pasado de encarnar la figura del oportunista con posibles a desempeñar el papel de salvador. La capacidad de presión del empresario sobre los trabajadores ante el desolador escenario del paro, los cambios legislativos en contra de los derechos laborales y la amenaza de la deslocalización en el mercado único mundial, no deja resquicios de esperanza para un horizonte más razonable.
La precarización del trabajador asalariado es la consecuencia lógica de un escenario terrorífico donde más allá de los muros del centro de trabajo está aguardando la miseria y desde arriba se le exige arrimar el hombro. Asistimos a la polarización entre la sobreexplotación para los obreros activos y la indigencia social y material para los que caen en la inactividad dentro de un sistema que sobreproduce. En todo caso, la sobreexplotación laboral y la precariedad conducen a más paro e incide a la baja en el nivel de consumo. La incapacidad del sistema Capitalista para racionalizar su desmesura acaba convirtiéndose en su propia ruina.
Para acabar de desmontar la falacia, la Finitud nos recuerda que el crecimiento en si mismo es irrealizable sostenidamente ya que por pura contradicción lógica, no se puede dar el aumento continuo e indefinido en el tiempo, de la producción y consumo de bienes y servicios. El sistema Capitalista tiene que olvidar constantemente que es imposible crecer ilimitadamente en base a recursos que no lo son para poder afirmar su ideal de crecimiento ilimitado. A cada periodo de crecimiento le acompaña un escenario de sobreproducción que es la antesala de cada crisis. La imposibilidad del planeta de regenerar los recursos y asumir los residuos a la misma velocidad que son consumidos y desechados por la bestial maquinaria de expolio y explotación que acompaña a la depredación Capitalista, nos acerca cada día un poco más al abismo del colapso ecológico. El Capitalismo no conoce la palabra suficiente y tiene que ningunear las verdades del ecologismo respecto a la finitud de los recursos para poder seguir obviando los límites naturales no sobrepasables de los que dependen nuestras sociedades y la vida en el planeta.
Es muy probable que esta crisis no tenga solución sin cambiar radicalmente de modelo económico y civilizatorio, pero por ahora, las reformas aplicadas van en la dirección contraria. En Europa, la búsqueda desesperada del crecimiento económico está siendo utilizada como excusa para inducir “Estados de Excepción” en sus democracias representativas a través de tecnócratas introducidos en el poder que representan los intereses de las plutocracias económicas. Se defiende este escandaloso cambio en la forma de hecho del Estado como una consecuencia necesaria y derivada de la aparente gravedad de la situación actual que es calificada como emergencia nacional. Las reformas legislativas promovidas por vía de urgencia a base de Decretos y destinadas principalmente a eliminar las estructuras materiales del bienestar, son acompañadas por el reforzamiento de medidas de tipo coercitivo que limitan sensiblemente las libertades individuales y colectivas con el objetivo de doblegar cualquier resistencia y crear un clima proclive a la resignación. Es fácil detectar que intereses están orquestando las reformas. Basta con observar que las medidas de recorte, aunque se traslade a la opinión pública que buscan el interés general y que están destinadas únicamente a conseguir las condiciones necesarias para se restablezcan los niveles anteriores de ocupación y empleo, siguen sin recaer en los actores responsables de la crisis. Negando la evidencia, la inmensa mayoría de la población se ha tragado la impostura, ya que la precarización o la inminente amenaza de pobreza predispone al optimismo incondicional ante cualquier consigna luminosa que les permita creer y renovar sus esperanzas de solución individual. Están atrapados en la visión reducida de la realidad que proyectan las reglas del juego Capitalista y que es confirmada repetidamente hasta la extenuación, por las aseveraciones de los más prestigiosos políticos y gurús económicos con las que nos bombardean desde todos los medios de comunicación. La estafa global que representa la actual coyuntura se sigue nutriendo de la pasividad e ignorancia política que nos llevó hasta ella. Es momento de desvelar que esta crisis la están gestionando los mismos intereses minoritarios que la provocaron y que por lo tanto, no va a tener una solución aceptable para la inmensa mayoría. Mientras más se evidencia la magnitud de la estafa, más se difumina la posibilidad de solución convencional. Es urgente encajar que los tiempos de ficticio esplendor no van a volver y que mientras antes tiremos del freno de mano, más probabilidades tendremos de evitar el choque frontal contra el sólido muro que espera al final de la última curva a este tren, en su huida hacia delante para intentar escapar aceleradamente de su propia sombra.
La orgía consumista se va apagando poco a poco y por zonas en el mundo Capitalista, por su imposibilidad en si misma de permanecer en el tiempo. Ni los planes de estímulo de los gobiernos trabajando en la línea de expansión del gasto público, ni los planes de austeridad trabajando en el plano contrario de reducción del déficit consiguen reanimar al enfermo infartado y evidencia inequívocamente que un paradigma social y económico agoniza en su gigantismo. La gestión del auto-desmontaje de toda una civilización construida sobre el exceso y  la explotación, es la herencia para las generaciones que tendrán que lidiar en el inicio del tránsito siempre traumático hacia otra forma de ser y estar en el mundo. Las resistencias a los cambios van a ser formidables y los grandes beneficiados del actual statu quo ya se han enrocado en sus posiciones e intentan amarrar por todos los medios posibles las líneas de fuga, pero previsiblemente las contradicciones internas enunciadas y que se están desarrollando paralelas a este inmovilismo, reventarán como un tsunami cualquier muro de contención.
La fractura ya ha sido registrada y anuncia un nuevo comienzo.
La lacra del paro y la desigualdad
Antonio Antón
La gravedad del paro es persistente, genera sufrimiento a millones de personas y refuerza las brechas sociales. Las deficiencias de la protección al desempleo producen fuerte desamparo a las personas paradas. El riesgo de pobreza y la desigualdad socioeconómica crecen. Todo ello tiene graves consecuencias sociales y políticas. Veámoslo en detalle.
El número de personas desempleadas se acerca a seis millones (5,78 según la EPA 3º trimestre). Si añadimos el creciente número de personas ‘desanimadas’ y con ‘subempleo’ (más cercanos al desempleo que a la ocupación donde se integran los que han trabajado al menos una hora en la semana de referencia), habría que añadir cerca de otro millón más de personas básicamente desempleadas. Estamos cerca de los siete millones de personas paradas o infra-empleadas.
La situación del alto desempleo no es coyuntural o transitoria. La trayectoria del paro es muy pronunciada y ascendente: el total de parados (EPAs 3º trimestre) ha pasado de 1,79 millones en el año 2007, a 2,60 en 2008, 4,12 en 2009, 4,57 en 2010, 4,98 en 2011, y el citado 5,78 de 2012. En el último año ha aumentado el paro en 800.000 personas desempleadas, habiéndose destruido 836.000 puestos de trabajo (230.000 en el sector público), con cerca de un millón de asalariados menos (946.000) y 108.000 autónomos más. Con la crisis han desaparecido 3,2 millones de empleos; de ellos 2,2 millones relacionados con la explosión de la burbuja inmobiliaria (construcción y de industrias y servicios afines), imposibles de recuperar a medio plazo. Además, la reciente reforma laboral ha demostrado que no elimina los despidos sino que los abarata y favorece: el último trimestre se han destruido 179.400 puestos de trabajo indefinidos. Desde el inicio de la crisis se han eliminado cerca de dos millones de empleos temporales y más de seiscientos mil con contrato indefinido.
La tasa de paro ha llegado al 25,02%, la más alta de las últimas décadas. Hay pocas distancias por sexo (24,68%, la masculina, y 25,41%, la femenina), aunque persisten la desigualdad en las tasas de actividad (67,18% la de los hombres, y 53,41% la de las mujeres). Las diferencias de la tasa de desempleo son muy pronunciadas por origen nacional: 34,84% para la población extranjera, y 23,32% la de las personas con nacionalidad española. E igualmente, por edad, ya que los menores de 25 años tiene el 52,34% de paro. A ello hay que añadir que unos dos millones de jóvenes (hasta 29 años) ni estudian ni trabajan.
La distribución territorial también es muy desigual. De más del 30% de paro en zonas del sur (Andalucía, 35,42%; Extremadura, 32,66%; Canarias, 33,63%), a la mitad, en torno al 15%, en algunas del norte más industrializadas (Navarra, 14,95%; País Vasco, 15,48%), pasando otras por una situación intermedia (Madrid, 18,56%; Catalunya, 22,56%; Comunidad valenciana, 28,10%).
El número de hogares con todos sus miembros activos en paro alcanza a 1,74 millones, y sin una persona activa son 4,47 millones. Los parados de larga duración (más de un año en desempleo) superan los tres millones, casi medio millón más que hace un año.
Por otro lado, según los últimos datos del Ministerio de Empleo, de los 4,7 millones de personas registradas como paradas, reciben una prestación unos tres millones, con una tasa de cobertura del 63,8 %. Reciben una prestación contributiva sólo 1,4 millones y el resto los subsidios no contributivos. Pero si lo comparamos con los 5,7 millones del total de desempleados según la EPA, la cobertura de la protección al desempleo apenas alcanza a la mitad. Se quedan fuera una gran parte de jóvenes parados, con poca o ninguna cotización previa, dependientes cada vez más del apoyo familiar y con dificultades para su emancipación y sus proyectos vitales, y en un proceso de desvalorización de sus capacidades formativas.
El grado de desigualdad de la renta en España es de los mayores de la Unión Europea, con los últimos y recientes datos disponibles de Eurostat. Segín el índice Gini, desde el 31,3 del año 2007 ha pasado al 34 en el año 2011, mientras en la UE-15 se ha mantenido casi estable (30,2 en 2007 y 30,5 en 2010). Con la referencia del ratio s80/s20 (relación entre los ingresos del 20% superior respecto del 20% inferior) España ha pasado del 5,3 en el año 2007 al 6,8 en el año 2011; la UE-15 del 4,7 al 5,8, y la UE-27 del 4,9 al 5,3. España no sólo es uno de los países europeos más desiguales, sino que es en el que más ha crecido la desigualdad de rentas con la crisis (aunque hay que advertir que en la Unión Europea existe la menor desigualdad del mundo, en particular comparada con los países emergentes o con EE.UU.). Si añadimos otros indicadores como el nivel de pobreza (más del 21%) o el de mayor tasa de paro (25%) y más fracaso escolar y abandono escolar prematuro (cerca del 30%), tenemos una radiografía de la gravedad de las brechas sociales existentes y el cuestionamiento de la integración social característica del modelo social europeo.
Las variables económicas aventuran un estancamiento prolongado de la economía e incluso otra recesión. Las perspectivas del empleo indican su no mejoría a corto y medio plazo, y esos altos niveles de paro pueden persistir varios años.
Están claras las causas: un aparato productivo ineficiente y un sistema financiero altamente especulativo, cimentados en la burbuja inmobiliaria, junto con unas políticas económicas basadas en la austeridad y los recortes laborales y sociales, bajo el chantaje de los mercados financieros y amparadas en las instituciones europeas con hegemonía liberal-conservadora. La gestión de la crisis y las políticas de ajuste, dominantes desde hace dos años y medio, no han permitido la reactivación económica y del empleo, sino que han profundizado los efectos sociales negativos.
Esa gestión de la clase política con su política de ajustes regresivos constituye un callejón sin salida. No es de extrañar el alto grado de desconfianza ciudadana en esos gestores políticos, junto con el descrédito de banqueros y élite económica. Según diversas encuestas de opinión, en la sociedad existe una significativa deslegitimación de la clase política y la élite empresarial y financiera, que aparecen como un problema en vez de una solución. El grado de desconfianza en la gestión de Rajoy o de Rubalcaba alcanza el 80% de la población.
El Gobierno del PP intenta justificar esa política dura de recortes como medio para (mañana) generar la reactivación económica y (pasado mañana) crear empleo. La realidad y el propio FMI se han encargado de desmentirlo. El estancamiento económico y del empleo, es decir, el persistente desempleo, puede durar cinco años más, hasta el año 2017, y los factores de empobrecimiento y desigualdad hacerse más lacerantes. Se pueden generar importantes problemas de cohesión social, desequilibrios territoriales, destrucción de tejido productivo y capacidades humanas, conflictos interétnicos...
El horizonte socioeconómico, particularmente en los países periféricos del sur de Europa, es sombrío. Se está demostrando el fracaso de las políticas de austeridad, su carácter injusto pero también su incapacidad para reactivar la economía y ofrecer un horizonte de salida rápida y equitativa de la crisis. Supone un gran lastre para la credibilidad de las élites gestoras. Hace que los actuales sacrificios populares pierdan sentido al no asegurar los representantes institucionales las supuestas contrapartidas para la mayoría social. No se vislumbra una solución equilibrada, y esta política de ajuste aparece, cada vez más, como un pretexto para asegurar las ganancias económicas y de poder de las élites, empresariales e institucionales, causantes de la crisis y subordinadas a los intereses de los acreedores financieros internacionales.
Se produce, por tanto, un déficit de legitimidad de la clase política y económica por la deficiente modernización económica española, la injusta gestión de la crisis, el alejamiento de los intereses y demandas de la mayoría ciudadana. Y afecta no sólo al gobierno del PP, sino también al aparato socialista, con dificultades para distanciarse de esa orientación y con el reto de su renovación.
Constituyen retos para el sistema político y el conjunto de la ciudadanía y, en particular, para las izquierdas y sectores progresistas, para promover un horizonte de cambio social, equidad y convivencia. Es momento de abordar un cambio de aparato productivo, eficiente y sostenible, y del sistema fiscal, protector y redistributivo, más equitativo.
En el plano cultural y sociopolítico se están generando tendencias ambivalentes. Por un lado, la desesperanza, el miedo, la resignación y la adaptación o supervivencia competitiva individual y grupal o bien síntomas populistas. Por otro lado, indignación y rechazo a esta dinámica regresiva, defensa de mayor empleo decente y derechos sociales y laborales, exigencia de regeneración democrática y mejor protección social. En sectores sociales relevantes se produce no la desafección por los asuntos públicos sino la reafirmación de la política como freno y regulación de los mercados y la participación democrática como opción para reorientar la acción institucional y acercarla a la ciudadanía.
Son, pues, elementos complejos, algunos problemáticos y otros positivos y de esperanza, en particular la articulación de una ciudadanía activa, de importantes sectores juveniles, preocupada por estimular otra dinámica más justa y más democrática. Es el sentido de la próxima huelga general del 14 de noviembre, convocada por los sindicatos y apoyada por la cumbre social, con multitud de organizaciones y grupos sociales progresistas. Muestra el camino y que hay soluciones.
Antonio Antón. Profesor Honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid
La perversión del lenguaje, la manipulación de las palabras y la apropiación interesada de los conceptos se ha convertido en una de las principales formas de corrupción de nuestro tiempo. ¿Se acuerdan del famoso pasaje de Alicia a través del espejo en el que Humpty Dumpty impone de un plumazo su autoritarismo lingüístico? “Cuando yo empleo una palabra significa exactamente lo que yo quiero que signifique: ni más ni menos” [1]. La corrupción semántica desfigura el sentido de las palabras para que signifiquen lo contrario de lo que quieren decir y se ajusten a los intereses particulares de quien las emplea. Se crean así eufemismos para suavizar la realidad. Es lo que está ocurriendo con la apropiación que el neoliberalismo ha hecho de la palabra “austeridad”.
La austeridad nunca ha sido un principio inscrito en el ADN ideológico del liberalismo (o del neoliberalismo actual). Se trata de un término que tiene una notable presencia en la historia de la filosofía moral y de las tradiciones religiosas, donde, en términos generales, forma parte de una opción de vida que la orienta hacia la moderación, el autocontrol, la templanza y la simplicidad. Este tipo de austeridad está cerca, por ejemplo, de la sabiduría epicúrea de disfrutar de las pequeñas cosas (“el pan ordinario y el agua –escribe Epicuro– dan una suavidad y deleite sumo cuando un necesitado llega a conseguirlos” [2]) y lejos de la codicia de Bernard Madoff o del suntuoso palacete de Jaume Matas. Desde esta óptica, la austeridad es una práctica que no casa bien con los valores individualistas, consumistas y competitivos de nuestras sociedades. Dado el espíritu anticonsumista y antimercantilista de la austeridad, una persona austera tendría que ser declarada poco menos que antisistema por la cultura neoliberal dominante.
Gran parte de Europa se está tragando la amarga medicina de la austeridad prescrita por la misma ideología que causó la crisis. La élite gobernante de banqueros, políticos, tecnócratas no elegidos y medios de comunicación al servicio del neoliberalismo recurre al lenguaje de la austeridad como remedio necesario. “No hay mejor protección contra la crisis de la eurozona que el éxito de las reformas estructurales en el sur de Europa”, declaraba estos días a la prensa alemana el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi.
Es fundamental desenmascarar la apropiación neoliberal de este lenguaje. En el contexto actual, los planes de ajuste y austeridad de la troika (FMI, BCE y CE) y el Gobierno no son, como se pretende hacer creer a la opinión pública, una política de racionalización, contención y moderación del gasto público para luchar contra la crisis, sino una forma deliberada de expandir el neoliberalismo. La eufemísticamente llamada austeridad es un componente central de la actual estructura social de acumulación del capitalismo neoliberal, el entramado político-institucional favorable al proceso de acumulación capitalista; una acumulación que, como explica David Harvey [3], se basa en la desposesión de derechos, rentas, recursos públicos y conquistas democráticas a terceros (trabajadores, parados, funcionarios, estudiantes, pensionistas, desahuciados, etc.).
El modelo de austeridad presenta tres características básicas que invocan los principios ideológicos del neoliberalismo: 1) busca afianzar su legitimidad social con el discurso del miedo, de la inevitabilidad y la falta de alternativas. “No hay alternativa” fue la consigna ideológica con la que Margaret Thatcher pretendía convencer de que sus políticas neoliberales eran las únicas posibles. 2) Las medidas de austeridad se adoptan para satisfacer al mercado, visto como solución radical para los problemas económicos y sociales. 3) Es un modelo que elude la responsabilidad individual y promueve la socialización de la culpa y el sacrifico, tal y como lo reflejan planteamientos como “el Estado del bienestar es insostenible” (Aznar) o el manido discurso de que los ciudadanos “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.
Cada vez es más evidente que la “cura” a base de austeridad está profundizando la crisis en Europa sin resolver ninguno de los problemas que justificaron su adopción. Sus consecuencias sociales se hacen sentir: precariedad, niveles catastróficos de desempleo, aumento de la pobreza, debilitamiento del sector público, degradación de la protección social y, como telón de fondo, destrucción de la democracia keynesiana. El neoliberalismo es a la democracia lo que la carcoma a la madera. Las pretensiones del neoliberalismo pasan por convertir la democracia en una plutocracia usurpadora, en una oligarquía de ricos capaz de imponer su voluntad sobre una masa poblacional desprovista de derechos económicos y sociales y con derechos civiles restringidos, como los de manifestación y expresión. La transformación del Estado del bienestar en curso va en este sentido. El neoliberalismo es hijo de una cultura política que consagró antes el derecho a la propiedad privada que el derecho a la salud.
Una democracia sin contenido social no es democracia; es un régimen de ciertas libertades políticas que por sí solas no garantizan la lucha contra la desigualdad socioeconómica y la pobreza. Nuestra democracia formal permite que en la práctica haya personas que vivan, sobrevivan (y a veces mueran) sin derechos económicos y sociales. Hace aproximadamente un año, el por entonces candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Newt Gingrich, declaraba que las leyes laborales infantiles eran “estúpidas” y proponía que los niños desfavorecidos mayores de 9 años pudieran trabajar a tiempo parcial. Gingrich reivindicaba sin complejos el derecho a explotar. Los intentos de conciliar democracia y neoliberalismo pueden llevar a la Europa de la austeridad a toda costa al borde del genocidio social. ¿Habrá que volver a los tiempos de Dickens para radicalizar la conciencia de la necesidad de un cambio económico, social y político?
El final del siglo XX ha visto emerger un nuevo tipo de sociedad. Un capitalismo dominado por enormes empresas produciendo mercancías y servicios ha sido substituido por un capitalismo dominado por enormes empresas que controlan el acceso a los capitales de inversión. En el nuevo «capitalismo financiero global» las finanzas son la parte más importante del capital; los gobiernos y las instituciones de gobernanza global son parte integral del aparato financiero, rescatan al sector financiero e incluso se unen a él en tiempos de crisis; el capitalismo financiero opera normalmente a escala global; por tanto, el capitalismo financiero toma la forma de un sistema espacial y político-económico-financiero-ético-cultural. El término «capital financiero» fue acuñado originalmente por el marxista austríaco Rudolf Hilferding (1981). Con ese término se refería a la creciente concentración y centralización de capital, en su forma institucional de empresas, cártels, trusts y bancos que organizaron la exportación de excedentes de capital de los países industrializados, especialmente Gran Bretaña, en búsqueda de tasas de beneficios más elevadas en otras partes. Más recientemente, David Harvey (2005) ha sostenido que en las empresas capitalistas, la propiedad (los accionistas) y la gestión (los directores ejecutivos de las empresas) han llegado a fundirse ya que la gestión de más alto nivel se retribuye con «stock options». El aumento del precio de las acciones se convierte en el objetivo de funcionamiento de la empresa. Y las empresas productivas, diversificadas en créditos, seguros y sector inmobiliario, crecientemente se convierten en financieras en su orientación. Ello está relacionado con un estallido de actividad en un sector financiero crecientemente desregulado y rápidamente globalizado en «la financiación de absolutamente todo», lo que significa el control de todas las áreas de la economía global por parte de las finanzas. Los estados-nación, individualmente (como los Estados Unidos) o colectivamente (como el G7/8), tienen que apoyar a las instituciones financieras y la integridad del sistema financiero ya que ello es lo que hace funcionar la economía (como atestigua la intervención masiva de los bancos centrales en la crisis financiera de 2007- 08). En el marco de este sistema capitalista pre-fijado, Harvey observa que el poder de los accionistas disminuye, mientras que el de los directores ejecutivos de las empresas, el de los miembros clave de los consejos de administración y el de los financieros, aumenta. El tremendo poder económico de esta nueva clase empresarial-financiera les permite una amplísima influencia sobre los procesos políticos (Harvey, 2005: 31-38).
La principal diferencia entre el capital financiero de Hilferding y el capitalismo financiero global actual es la mayor abstracción del capital de su base productiva original, la mayor velocidad con la que el dinero se mueve a través de espacios más amplios y diversos, la intensidad y la frecuencia de las crisis que toman ahora formas más financieras que productivas, y la extensión de la especulación y de las apuestas en todas las esferas de la vida. Hemos visto también la «democratización» del capital a través de la inclusión en el ejército de reserva de los financieros a millones de personas que se benefician a través de la propiedad de la vivienda, inversiones en fondos de pensiones, fondos de inversiones y fondos de educación. Ya no tenemos a peces gordos ni tipos listos manipulando los precios de las acciones sino a millones de «cuasi-capitalistas» preocupados todas las noches por sus ahorros de jubilación o por sus precios de vivienda totalmente inflados. Por un lado, el capitalismo financiero ha desarrollado grandes y sofisticados mecanismos de control social y cultural sobre los gobiernos, las clases y las poblaciones regionales, de modo que la respuesta política crítica a las crecientes desigualdades e inestabilidades puede ser largamente silenciada: vivimos en un tiempo de cooptación global. Por otra parte, el nivel y la profundidad de la crisis financiera ha aumentado, el «espacio de la crisis» se ha ampliado para incluir virtualmente todas las economías nacionales, y el «espacio de las víctimas» (directas e indirectas) es ahora virtualmente universal. La intersección de estas tendencias crea una sensación de irrealidad y distanciamiento en la que las crisis son abordadas con mayor superficialidad cuanto más aumenta su intensidad. Las crisis, que son estructurales y endémicas, parecen irrumpir en el escenario políticoeconómico como sucesos aparentemente espontáneos. Pero en realidad las crisis se acumulan porque no son ni comprendidas ni controladas, ni siquiera hay demasiada voluntad popular de controlarlas, porque mucha gente combina el doble papel de perpetrador y de víctima, y el sistema financiero es tan grande y amorfo que parece inexpugnable. Inevitablemente, la desidia tiende a la catástrofe.
Al igual que en el sistema liberal global de finales del siglo XIX, el sistema neoliberal de finales del XX e inicios del XXI opera globalmente bajo el dominio de un solo estado-nación «democrático» hegemónico. El cambio de la Pax Britannica a la Pax Americana mantiene una estructura política esencialmente parecida pero el poder militar de las fuerzas armadas del estado financiero ha aumentado, mientras que el tiempo necesario para llevar a cabo una intervención ha disminuido radicalmente con las nuevas tecnologías de la guerra. Las transacciones instantáneas del capitalismo financiero corren en paralelo a respuestas armadas casi instantáneas. Y recientemente los principales estados capitalistas financieros se han mostrado proclives a la intervención geopolítica en la creencia de que están siendo atacados por un contra-movimiento organizado, también globalmente organizado, y preparado para utilizar medios de destrucción masiva.
Este artículo proporciona algunos términos y perspectivas que pueden contribuir a un análisis crítico del capitalismo financiero global. Tras repasar algunas de sus características básicas y sugerir algunos términos para organizar el debate futuro, el artículo continúa con lo que podría llamarse una socio- psicología de las finanzas contemporáneas, especialmente el manejo del sistema hacia la toma de riesgos y la especulación que llevó a la crisis de 2007-2008: «locura». El artículo prosigue afirmando que incluso las sociedades desquiciadas tienen una conciencia, y ello se expresa en el discurso anti-pobreza global que conforma una parte manifiesta del sistema financiero global: la «civilización». No obstante, un sistema económico corrupto necesariamente signifi ca que las expresiones de benevolencia se convierten en políticas antipobreza caracterizadas por su «beneviolencia». De modo que las políticas que aparentemente se dirigen a perdonar la deuda del Tercer Mundo y a «acabar con la pobreza ahora»[1] llevan a lo contrario: la inclusión en una economía global cargada de niveles imposibles de deuda y, en todo caso, mayores niveles aún de deuda y de creciente inseguridad. El artículo concluye con un breve comentario sobre qué hacer con la pobreza global desde una posición radical de izquierdas.

Formaciones sociales y regímenes políticos
Este nuevo capitalismo financiero apareció en la escena global en medio de un estallido de exhuberancia económica y cultural que solo puede ser admirado (venerado) como un signo de los nuevos tiempos globales por parte de un público atemorizado. Al menos eso es lo que aparece en los medios de comunicación que son parte fundamental de un sistema del que se supone que informan. Pero entonces el capitalismo financiero global puede ser llamado capitalismo mediático global ya que la mediatización es tan importante como la financiación, y las dos comparten ese aire de irrealidad fantástica que ha sustituido lo que una vez se llamó «vida cotidiana». De modo que las noticias de deportes disponen de más tiempo y desgraciadamente de más atención, que las noticias sobre las guerras. Que no te maten en sábado: nadie se enterará. Y aun así, como Marx casi dijo una vez, analizar significa romper el fascinante resplandor del espectáculo global dirigiendo la atención a descubrir la esencia estructural.
El capitalismo financiero global emerge de cambios estructurales comprensibles. Para llegar a esos cambios estructurales necesitamos utilizar un par de términos taquigráficos: unas pocas palabras que describan una infi nidad de cosas, de modo que nuestra mente no piense en listados. Hasta ahora hemos hablado de formas históricas de una totalidad capitalista político-cultural-económica tales como formaciones sociales en un modo de producción en general. Parece que ha habido tres formaciones sociales intracapitalistas en los últimos cien años más o menos: el capitalismo industrial competitivo, ya en desaparición a finales del siglo XIX pero aún presente en el margen de las pequeñas empresas y en la frontera innovadora del nuevo capitalismo de riesgo; el capitalismo industrial empresarial que asumió la hegemonía a finales del siglo XIX y que persiste aún hoy como una base poderosa, aunque dependiente, de actividad productiva; y el capitalismo financiero global, que toma el papel hegemónico y dominante en la reproducción del capitalismo a partir de los años 1980 y 1990: la transición estaba oculta por un hipoblasto de high-tech, tecnología de la información-internet, que era en parte industrial, en parte mediático, y en parte financiero.
Una terminología más directa describe las instituciones e ideologías que constituyen «regímenes» más concretos dentro de (a veces en transición entre) formaciones sociales capitalistas. Aquí podemos destacar varias dimensiones como por ejemplo los regímenes de imagen, en un análisis ideológico-imaginario más orientado hacia los medios de comunicación. Pero quedémonos de momento en el banal mundo de los «regímenes políticos»: los mecanismos político-económicos (instituciones, ideologías, discursos) de poder mediante los cuales los gobiernos y las instituciones gubernamentales intentan dirigir el cambio económico y social en una formación social. Un régimen político alude a: una aproximación sistemática a la formación política de un conjunto gubernamental o de instituciones de gobierno; algo que trata un conjunto de asuntos limitado y definible; algo que prevalece como el marco regulador/intervencionista dominante; cuestiones que abarcan un período histórico de al menos varias décadas. Los regimenes políticos toman coherencia por las interpretaciones político-económicas subyacentes de las causas de un conjunto de problemas socio-económicos relacionados; dichas interpretaciones representan los intereses de una fracción de capital (Peet, 2007: 4-10).
Desde la Segunda Guerra Mundial, el mundo capitalista ha conocido dos principales regímenes político-económicos: la democracia keynesiana, predominante entre 1945 y 1973, y la democracia neoliberal, predominante entre 1980 y la actualidad; los años 1973-80 representan un período de transición, cuando los dos regímenes competían por la hegemonía. En el régimen de políticas keynesianas, un Estado intervencionista comprometido en alcanzar el pleno empleo y sueldos elevados para todos utilizó políticas macro-económicas contra-cíclicas en un capitalismo básicamente de libre empresa. Este régimen de políticas respondió a la Depresión de los años 1930, una crisis que deslegitimizó la racionalidad teórica y las insistentes demandas del régimen precedente, un duradero régimen político liberal (libre comercio), al utilizar la autoridad del Estado para estabilizar la acumulación y democratizar los benefi cios económicos. Las diferencias regionales en la tradición teórico-interpretativa y político-económica dieron pie a tres variantes principales: el keynesianismo social democrático en los países de Europa occidental y sus antiguas colonias; el keynesianismo democrático liberal en los Estados Unidos; el keynesianismo desarrollista en Japón y muchos países industrializados del Tercer Mundo (Chang y Rowthorn 1995; Kohli 2004).
El régimen de políticas neoliberales revive el liberalismo de libre comercio de finales del siglo XIX, aparentemente mediante la renuncia del Estado-nación a la gestión macroeconómica en beneficio de los mecanismos de mercado. Pero esta aparente renuncia del Estado a la economía esconde un movimiento que mejor puede describirse como una reorientación de la intervención gubernamental para servir los intereses de las instituciones de gobernanza globales. Sin embargo, «reorientación» es solo el barniz de un profundo proceso de control del Estado por parte de gente adinerada, empresas, bancos y compañías de gestión de inversiones y, especialmente, de los bancos de inversiones bajo un sistema de «democracia empresarial», que empieza con el control sobre el proceso electoral por parte de las grandes donaciones y el control sobre el proceso legislativo a través del «lobbying» (Peet, 2007: 94-98).
El régimen de políticas neoliberales respondió sin duda a la globalización de la economía, la sociedad y la cultura de finales del siglo XX. Desde luego que el neoliberalismo ayudó a organizar la emergencia de una globalización que beneficia a una nueva clase re-emergente, superadinerada, financiero-capitalista, que mayormente vive en los principales países occidentales, especialmente en los Estados Unidos de América, pero que opera transnacionalmente en términos del ámbito de su actividad de inversión. Concentrémonos en el momento de interpretación de los regímenes de políticas vistos como agentes creativos colectivos en la reorganización de la sociedad capitalista. El keynesianismo interpretó la crisis político-económica de los años 1930 como resultado del miedo a un futuro impredecible. Para Keynes, la incertidumbre de los empresarios provocó incoherencias y retrasos en la compra de maquinaria y bienes de equipo. Con la extensión del fordismo en el período de postguerra, las deficiencias sistémicas en la demanda se originaron más en la inadecuación e inestabilidad de la compra masiva de bienes de consumo. En el contexto de la democracia social y liberal de postguerra, los estados respondieron a ese infraconsumo a través de la gestión keynesiana de la demanda. Las políticas se centraron en una redistribución masiva de los ingresos de la gente rica hacia los consumidores-votantes de clase obrera, gente que, en virtud de la necesidad o la persuasión, ¡tenía que gastar cada centavo que tenía... y más! El principal mecanismo para la redistribución de los ingresos fue una fiscalidad federal progresiva sobre las rentas: la tasa fiscal marginal sobre la banda impositiva más alta bajo el régimen de políticas suavemente keynesianas en los Estados Unidos fue del 70 al 92% en el período entre 1945 y 1981. En vez de añadirse a la riqueza acumulada, los ingresos se reciclaban inmediatamente en consumo. Ello permitió el funcionamiento del ciclo de producción-consumo y alimentó altos niveles de crecimiento económico. Tuvo efectos geográficos espectaculares, como la eclosión de espacios de consumo allá donde la gente se reunía o viajaba: así, las autopistas fueron corredores de feliz exceso consumista.
Lo convencional es afirmar que durante los años 1970 el keynesianismo entró en crisis. El término utilizado para describirlo es estanflación: altas tasas de inflación junto con altas tasas de desempleo. Además, la convención afirma que el keynesianismo fue sustituido por un régimen de políticas neoliberales más efectivo. Pero las convenciones analíticas surgen a partir de interpretaciones opuestas basadas en intereses, a las que se les da diferente crédito en la toma de decisiones, según el talante político y cultural del momento. Recuérdese que los gobiernos, las economías, los sistemas sociales y las culturas en las democracias políticas occidentales afrontaron continuas protestas masivas en los años 1960 y principios de los 1970. Empezando con el movimiento por los derechos civiles y la oposición a la guerra del Vietnam, la protesta llevó al rechazo masivo de los valores consumistas del capitalismo fordistakeynesiano cada vez más vistos como contradictorios con un medio natural fatigado. A la vista de la escalada de conflictividad que amenazaba el orden social, cultural y político, la élite capitalista se comprometió en la actividad contrarrevolucionaria. «Durante los años 1970, el ala política del sector empresarial de la nación montó una de las campañas más notorias por la conquista del poder de la historia reciente» de modo que a principios de los 1980 «las empresas tenían un nivel de infl uencia nunca visto desde los días del boom de los años 1920» (Edsall, 1985: 107; Harvey, 2006). Un parte esencial de ello era la interpretación hecha sobre las crisis económicas que reconocía que las principales contradicciones estructurales residían en la falta de inversión en economías poco activas Los estados respondieron con políticas económicas neoliberales centradas en la redistribución de las rentas hacia los ricos. Así, la Ley del Impuesto de Recuperación Económica (Economic Recovery Tax Act) de 1981 recortaba la tasa fi scal marginal de la banda de mayores ingresos al 50%, seguida muy pronto por la Ley de Reforma Fiscal de 1986 que reducía aún más la tasa máxima al 28%, la cual se elevó durante las administraciones demócratas en los años 1990 al 39,6% para ser recortada de nuevo al 35% por la Ley de Reconciliación de crecimiento económico y alivio fiscal (Economic Growth and Tax Relief Reconciliation Act) de 2001. En comparación con el keynesianismo (tasas fiscales marginales del 70-90%), el régimen de políticas neoliberales bajó las tasas fiscales marginales de las rentas más elevadas al 28-50%. Las apariencias ideológicas de esta redistribución eran «recuperación, reforma, crecimiento», términos que sugieren un régimen al servicio de intereses amplios, populares, nacionales e internacionales. La realidad fue estancamiento en los ingresos reales de la clase obrera y la gente pobre.
Locura económica
Este régimen de políticas neoliberales contribuyó a producir un capitalismo financiero global. En los años 1980, las rentas fueron deliberadamente reorientadas hacia gente que no podían gastarlas, no importa cuanto lo intentaran (apartamentos de 20 millones en centros financieros que se convirtieron en multiplicadores de los precios inmobiliarios); solo podían ahorrar dichas rentas e invertirlas. De modo que, bajo el neoliberalismo, cada año un billón de dólares fue a parar a cuentas de inversión en manos de solo unos pocos centenares de miles de personas ya muy ricas (Johnston, 2005). Las instituciones financieras compiten por el uso de fondos de inversión sobreacumulados por millonarios y por los ahorros de los trabajadores en fondos de pensiones, en seguros, etc. Las empresas compiten por atraer capital de inversión no tanto por ofrecer altos dividendos sino por el rápido aumento del precio de las acciones de las empresas. Los directores ejecutivos de las empresas y los consejos de administración van y vienen, prosperan o no, en gran parte sobre la base ya no de cómo manejan la empresa sino de cuanto pueden hacer subir el precio de las acciones de la empresa a corto plazo. El capital empresarial experimenta esta competencia por las inversiones como una obligación externa originada en la fracción financiera dominante del capital: los directores ejecutivos que fracasan en el cumplimiento de esta obligación están sujetos a escrutinio por parte de empresas de capital privado que ganan dinero comprando empresas que no funcionan, reestructurándolas sin piedad (por ejemplo, despidiendo trabajadores) y luego vendiéndolas para obtener un beneficio rápido que reporte altos rendimientos a los inversores. Como ello sugiere, el alcance del poder financiero (en todos sus aspectos) se ha expandido, desde sus bases capitalistas originales en los países industriales avanzados hacia un campo de juego global, en el que billones de dólares se mueven cada día con facilidad y velocidad en búsqueda de altos rendimientos. Este campo de juego global para el capital está aún claramente delimitado por límites políticos y culturales. Pero, cada vez más, dentro del espacio de inversiones global establecido, los países son juzgados meramente con ratios de riesgo/ beneficio y, al ser así incluidos en los cálculos de beneficio, los estados pierden significado a menos que actúen como protectores de las acciones destinadas a la búsqueda de beneficios del capital global. Esta nueva versión del capitalismo financiero está centrada en el despliegue de grandes acumulaciones de riqueza por parte de instituciones especializadas como bancos de inversiones y empresas asesoras de riesgos, concentradas en una pocos centros de poder financiero: el escalón más alto de las «ciudades globales».
Sin embargo, incluso con las incursiones más brutales en busca de benefi cios que llevan a cabo las empresas como modus operandi, el mercado de valores es un mercado de inversiones relativamente estable y seguro. La bolsa de valores está regulada por el Estado y en los Estados Unidos de América por una agencia gubernamental: la Securities and Exchange Comission establecida en 1934, tras un anterior episodio de crisis. Las sociedades de gestión de inversiones que controlan los activos colectivos en forma de, por ejemplo, fondos de inversión, están también reguladas por la Ley de Sociedades de Inversión de 1940. Sin embargo, bajo el neoliberalismo, los superricos han encontrado cada vez más la manera de evitar las regulaciones estatales de las inversiones. Lo hacen en parte escapando de las jurisdicciones nacionales como las sedes sociales de empresas fantasma en lugares como las Islas Caimán. Y escapan de la regulación en sus propios países de origen formando exóticos vehículos de inversión. En los Estados Unidos, los fondos de inversión se abren a un pequeño número (menos de un centenar) de «inversores acreditados» y los fondos conformados por «compradores cualificados» (consistiendo la cualificación en más de cinco millones de dólares en activos de inversión) no están sujetos a regulación gubernamental más allá del registro comercial. De modo que las inversiones temporales en el mercado de valores (la bolsa) propician un beneficio rápido para luego vender y así competir con otros fondos de inversión libre mucho más especulativos y escasamente regulados, con compañías de valores privadas, con paquetes de hipotecas de alto riesgo, futuros, derivados, operadores de divisas, etc. En el contexto de la globalización, de los «mercados emergentes» y de los mercados de inversiones exóticas, se espera que los fondos de inversión tengan un retorno de al menos el 20% anual, doblando la riqueza de las élites cada cuatro o cinco años. Así pues, vivimos en sociedades en las que la dinámica de la fracción dominante del capital es la consecución, por cualquier medio, de más dinero para aquellos que ya tienen demasiado. Esta persecución temeraria de dinero para tener más dinero es locura fi nanciera, social. Solo puede tener como resultado el desastre.
Porque el precio de los altos beneficios es… el riesgo eterno. Cualquier fondo de inversión que no genera altos retornos y por tanto, no toma riesgos extremos, sufre una desinversión en los mercados altamente competitivos, en los que el dinero cambia de manos con solo tocar una tecla. Así, hay una compulsión competitiva para tomar riesgos temerarios crecientes en búsqueda de altos retornos que temporalmente atraen inversiones. La especulación, el riesgo y el miedo son estructuralmente endémicos del capitalismo financiero. El miedo mismo se convierte en fuente de más especulación —comprando oro o futuros, por ejemplo. La especulación y el juego se extiende desde Wall Street a todos los sectores de la sociedad: el precio de la vivienda, las loterías del Estado, casinos, bingos, porras, cartas de Pokemon; todo el mundo juego, incluso los niños. El entrelazado de especulaciones es la fuente de su intratabilidad y de la ampliación del espacio de sus efectos. De modo que la crisis fi nanciera de 2007-2008 tiene los siguientes momentos: viviendas muy a sobreprecio especialmente cerca de los centros financieros en auge; competencia entre instituciones financieras para ofrecer crédito fácil a todo el mundo; el empaquetado de hipotecas domésticas en papel negociable; niveles muy altos de compras apalancadas; y el uso de activos cuyo valor puede desaparecer en el instante de titulizar otras inversiones incluso aun más arriesgadas. No es solo que la crisis se extienda de un sector a otro. Es más bien que la crisis en un sector (como el inevitable fin de la burbuja inmobiliaria) tiene efectos exponenciales en los demás (bancos de inversión desplazados a especulaciones de alto riesgo) hasta el punto que las pérdidas se acumulan más allá del poder de rescate de los estados y las instituciones financieras. De ahí la tendencia hacia la catástrofe.
Civilización y filantropía
Cuando la especulación y el juego se convierten en algo normal, la fuente original de la creación de valor, el trabajo realizado sobre recursos del medio, se pierde en la memoria. El dinero sale de la nada especulativa más que de las actividades reales, visibles y conocibles. La especulación financiera no regulada es lo más cercano a una economía dirigida por la agresión y el propio interés egoísta (cf. Freud, 1966). Los financieros ganan más en unos segundos al teléfono que el 99% de nosotros puede ganar en toda una vida de duro y entregado trabajo. Los trabajadores son despedidos, los propietarios de viviendas desposeídos, pero el gestor de los fondos no es testigo de esos atroces hechos, ni siquiera le importan. Hay muchos otros intentando irrumpir ahí donde el inversor ético teme hacer daño. Y si la intermediación de las mercancías en las relaciones de producción conduce a una sociedad alienada (Marx, 1967: cap. 1) y la intermediación de las imágenes conduce a una sociedad hipnotizada (Debord, 1967), la intermediación del dinero y el juego en las relaciones sociales conduce a una sociedad corrupta que ha caído en la locura. Incluso así, la corrupción no alivia del todo al capitalismo financiero de remordimientos de conciencia. Solo corrompe esa «conciencia» y todo lo que emerge de esa turbia moralidad.
En la tradición calvinista occidental, la filantropía es la manera en la que la gente rica salva su conciencia. En el capitalismo financiero global, a ese gesto filantrópico se añade un barniz emotivo, idealista y moralista. En la época fordista del consumismo y la publicidad, las personas están en sintonía con la imagen, la sugestión y la exageración subjetiva en todas las esferas de la vida, incluyendo la filantrópica. La imagen, los medios de comunicación y el espectáculo se aprovechan de la preocupación de la gente aparentemente para buscar apoyos a la acción global y, de modo menos evidente, para canalizar lo que podría convertirse en ira colectiva en una intervención segura y responsable limitada a las instituciones. El giro simbólico del milenio ha sido testimonio de una escalada de la lástima, institucionalizada en un complejo filantrópico global que confunde la «ayuda» con el «fin de la pobreza» y el «desarrollo». El panóptico geofinanciero (O’Tuathail, 1997) se refleja en un panóptico geofilantrópico. Los países capitalistas hegemónicos, las instituciones financieras internacionales, los principales miembros de las finanzas globales y la élite industrial, los académicos famosos, la deslumbrante colección de estrellas pop… todos los grupos culpables quieren «el fi n de la pobreza ahora». En el FMI y en el Banco Mundial, el ajuste estructural se rebautizó como «crecimiento y reducción de la pobreza». La Declaración del Milenio de Naciones Unidas se centró en reducir a la mitad la pobreza extrema para 2015. Jeffrey Sachs (2005), «el economista del desarrollo más destacado de nuestro tiempo», escribió un libro ampliamente leído en el que afi rma que la pobreza global podría acabarse para 2025. Después de una presión popular masiva, organizada por los conciertos de rock Live 8 por cantantes como Bono y Bob Gedolf, los países del G7/G8 acordaron condonar los 40.000 millones de dólares que se debían a las agencias internacionales. En 2006, Warren Buffet, la tercera persona más rica del mundo, prometió 31.000 millones de dólares a la Fundación Bill y Melinda Gates, fundada por la persona más rica del mundo con el objetivo de acabar con la pobreza global. Y en 2007 las Naciones Unidas han afirmado que se han realizado progresos significativos en la consecución de los objetivos de la Declaración del Milenio, especialmente en el campo de la reducción de la pobreza global.
¿Podemos aceptar estos actos ampliamente aplaudidos de benevolencia altruista en sus propios términos optimistas? ¿O es que «acabar con la pobreza ahora… el mundo no puede esperar» es una apariencia civilizada para una búsqueda de un interés personal especulativo cada vez más brutal? Los países ricos miran desde lo alto a los pobres y, compadeciéndolos, se dedican a «acabar con la pobreza global» con declaraciones o, cuando son presionados, a través de medios sin riesgos como la educación, fi nanciando la investigación contra el HIV-sida, etc. Al mismo tiempo, acabar con la pobreza global es un pretexto para extender el dominio del capitalismo financiero global: pacifica nuevos espacios de explotación. Es de este modo, y de mucho otros, como se relacionan el capitalismo financiero global, el neoliberalismo, la antipobreza, y las políticas de condonación de la deuda.
El discurso sobre la pobreza
Difícilmente podríamos saberlo a partir de los informes de las noticias. Pero esta «cancelación de los 40.000 millones que se deben a organismos internacionales» equivale básicamente a la refinanciación de la deuda por parte de la iniciativa HIPC (acrónimo de «Heavily Indebted Poor Countries», países pobres muy endeudados) del FMI y el Banco Mundial. La iniciativa HIPC empezó en 1996 después de una crítica ampliamente extendida de las instituciones de Bretton Woods por parte de Jubilee 2000, una coalición religiosa que creía que el 2.000º aniversario del nacimiento de Cristo señalaba el momento oportuno para el perdón de las deudas. El programa HIPC combina la reducción de la deuda con «reformas políticas» dirigidas a aumentar los niveles de crecimiento económico y «por tanto» a reducir la pobreza en los países más pobres de mundo. Así, en varios de sus encuentros anuales recientes, los ministros de finanzas de los países del G7/G8 han acordado financiar el Banco Mundial, el FMI y los Bancos de Desarrollo Regional en apoyo de la iniciativa HIPC. Ello llevará finalmente a la cancelación de las obligaciones de la deuda pendiente de los países más pobres del mundo. Hay muchas críticas a propósito de que solo una pequeña parte de la deuda de los países pobres va a ser condonada, y que el alivio de la deuda va a tardar mucho tiempo. Pero cualesquiera que sean los problemas de ritmo y cobertura, este compromiso de terminar con la deuda internacional de los países más pobres tiene sus componentes de generosidad. Hay que reconocer el intento benévolo. Pero hay que mirar más allá de los titulares, al fi nal de la lista de conclusiones de los Ministros de Finanzas de la reunión del G8 de julio de 2005, por ejemplo, el punto 2. Dice así:
Reafirmamos nuestra visión de que para realizar progresos en el desarrollo económico y social, es esencial que los países en desarrollo pongan en marcha políticas para el crecimiento económico, el desarrollo sostenible y la reducción de la pobreza: políticas e instituciones sólidas, responsables y transparentes; estabilidad macroeconómica; aumento de la transparencia fi scal para afrontar la corrupción, estimular el desarrollo del sector privado y atraer inversiones; un marco legal creíble; y la eliminación de las barreras a la inversión privada, tanto interna como externa. (G8, 2005)
El aspecto del punto 2 que los medios de comunicación convencionales destacan son las «prácticas de buen gobierno» como la transparencia, los marcos legales creíbles y la anticorrupción, en el supuesto de que la pobreza es el resultado de chanchullos. Otros aspectos del punto 2 como la estabilidad macroeconómica, el desarrollo del sector privado y la supresión de barreras a la inversión privada, nacional e internacional, junto con las cuestiones de libre comercio y abertura de mercados que se mencionan más adelante, son omitidos ya que se dan completamente por sentados en mentes poseídas por la ideología neoliberal. Los países HIPC tienen que demostrar a los economistas del FMI y del Banco Mundial que han adoptado y que están llevando a cabo políticas que son juzgadas como «sólidas» por la «comunidad internacional». Esta «comunidad » son las Instituciones Financieras Internacionales y, tras ellas, el Secretario del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos de América, el Ministro de Hacienda Británico y los Ministros de Economía de los otros poderes occidentales y, tras ellos, los intereses financieros que controlan los principales estados capitalistas. Las políticas que se juzgan como sólidas siguen, esencialmente, el programa neoliberal del Consenso de Washington. Aquí encontramos los países del G7/G8, o más bien a sus Departamentos de Finanzas, en connivencia con las instituciones financieras internacionales, diciendo a los países pobres cómo deben conducir sus economías si quieren beneficiarse de la condonación de la deuda. Del mismo modo que a los «pobres dignos de ayuda» les hacen arrastrar su arrepentimiento si quieren obtener una limosna, o los sintecho fingen una teatral conversión cristiana para tener una cama donde pasar la noche, ahora nos encontramos a los países ricos diciendo a los países pobres del mundo cómo deben «reformarse» para obtener su condonación de la deuda.
Una cláusula clave de la declaración del G8 se refiere a «la eliminación de las barreras a la inversión privada tanto nacional como extranjera». La política antipobreza filantrópica global opera condicionando el alivio de la pobreza a la apertura de los mercados de capitales, permitiendo la repatriación libre de los beneficios. El capital financiero limpia su conciencia aportando nuevas fuentes de riesgo y de beneficio en línea. Pero la globalización de la conciencia ensancha el espacio de crisis. De modo que las crisis se agravan ante las respuestas ofrecidas por la falsa conciencia que atraviesa el brazo filantrópico del régimen de políticas neoliberales.
Si las políticas neoliberales recetadas por las instituciones financieras internacionales funcionaran realmente, la hipocresía del gesto anti-pobreza de la élite filantrópica (dando ayuda para obtener aún más dinero) probablemente podría perdonarse. Pero para obtener su dinero, los países pobres deben acceder a abrir sus mercados a la competencia extranjera, privatizar las empresas públicas, apartar al Estado de la provisión de servicios, reducir los déficits presupuestarios del Estado, remodelar sus economías orientándolas a la exportación, «flexibilizar» sus mercados de trabajo, suprimir las barreras a los movimientos de capital y flujos de beneficios, etcétera, siguiendo una lista escrita bajo la creencia que los mercados y la libre competencia pueden conducir la economía al reino mágico del crecimiento económico. Pero la apertura de mercados significa perder puestos de trabajo protegidos —o sea, crear desempleo en nombre de la «eficiencia» en países en los que el trabajo ya está infrautilizado. La privatización significa introducir la búsqueda del beneficio en, por ejemplo, el subministro de agua o electricidad, y cortarlo a quien no pueda o no quiera pagar las altas tasas —mucha gente ha sido tiroteada por protestar contra ello. Reducir los abultados déficits del Estado en nombre de la responsabilidad fiscal puede sonar bien hasta que se recuerda que hay gente desesperada que depende de los subsidios de comida y de la atención sanitaria del Estado para vivir. Y en cuanto a exportar más, el problema es «¿exportar qué?». China monopoliza las industrias de trabajo barato y los precios de la mayoría de productos tropicales y subtropicales como el café, el cacao y el algodón, que son volátiles y a la larga han ido cayendo, de modo que los pequeños agricultores se parten la espalda por menos que nada. (Nótese que al mismo tiempo la producción local de alimentos se ve rebajada por la concentración en cultivos de exportación y la supresión de protecciones arancelarias, dando lugar a una peligrosa vulnerabilidad masiva a episodios de hambrunas.) La flexibilidad del mercado de trabajo significa atacar a los sindicatos, pagar salarios más bajos y eliminar las pocas leyes que puedan existir para proteger a los trabajadores: ¡bonita manera de «acabar con la pobreza»! La apertura de los mercados de capitales deja a todos los países del mundo en el espacio de las contagiosas crisis financieras. Y finalmente, incluso el resultado esperado, el crecimiento económico, no reduce necesariamente la pobreza, especialmente cuando el crecimiento sigue un diseño neoliberal. En su lugar, da como resultado una réplica de su original estadounidense: estancamiento de salarios para la mayoría y más ingresos para los que ya son ricos. En otras palabras, para conseguir la condonación de la deuda, los países solicitantes tienen que reestructurar sus economías neoliberalmente, de modo que recompensen al capital extranjero. La condonación de la deuda en su forma actual, bajo la tutela de las instituciones financieras internacionales, produce la pobreza a la que supuestamente pone fin. En el enloquecido mundo del capitalismo financiero, la benevolencia es beneviolencia.
¿Es que, bajo el neoliberalismo, la pobreza ha disminuido realmente, tal como afirman las instituciones financieras internacionales y el Programa de Desarrollo de Naciones Unidas? El reciente análisis de Sanjay Reddy y Camilia Minoiu (2007) concluye que, a causa de las imprecisiones en los métodos utilizados para medir los niveles de pobreza (ingresos de uno y dos dólares diarios por persona) y las defi ciencias en los datos recogidos, «la pobreza global puede o no haber disminuido. El grado del aumento o disminución estimada en la pobreza del mundo es totalmente dependiente de los supuestos adoptados ». En un examen muy importante de los datos sobre pobreza del Banco Mundial, Robert Wade (2004) concluye: «La magnitud del aumento de la población mundial en los últimos veinte años es tan grande que las cifras de pobreza del Banco tendrían que estar enormemente infraestimadas para que la tasa de pobreza del mundo hubiera disminuido. Cualquier afirmación más precisa sobre el número exacto de personas que viven en la extrema pobreza y el cambio a lo largo del tiempo descansa sobre bases poco sólidas.» Lo que sabemos con certeza es que el neoliberalismo está asociado con una creciente desigualdad: en los Estados Unidos y en otros países ricos, pero también de modo más general en el capitalismo global. Utilizando los datos recogidos por el Proyecto sobre Desigualdad de la Universidad de Texas sobre las estructuras nacionales de sueldos, Galbraith (2007: 587) encuentra un «modelo mundial de disminución de la desigualdad entre 1971 y 1980, seguido por un largo y acusado período de desigualdad creciente desde 1981 hasta el fin del siglo», una tendencia que él asocia con la cambiante «macroeconomía global».
Mi propia investigación reciente está relacionada con la India desde la adopción de la Nueva Política Económica en 1991. El nuevo régimen político incluía medidas de ajuste estructural estándar (neoliberales), bajo la tutela del FMI y el BM (después de un crédito de urgencia en 1991), incluyendo la devaluación de la rupia, un aumento en las tasas de interés, la reducción de la inversión pública, la reducción de las ayudas a los alimentos y los fertilizantes por parte del sector público, la reestructuración del sector industrial, el aumento de las importaciones y la inversión extranjera en actividades de alta tecnología e intensivas en capital, y la abolición de las ayudas compensatorias de caja para las exportaciones. Hay muchísimas interpretaciones que ven este programa de neoliberalización económica como una transformación a mejor de la economía que conduce a un aumento sustancial de la tasa de crecimiento económico de la India (de hecho, los datos sugieren que el rápido crecimiento económico de la India se inició antes de la transformación del régimen de políticas de la India). Y el caso de la India se utiliza a menudo como la principal historia de éxito de las reformas neoliberales del régimen de políticas de un país. Pero la cuestión es quien se beneficia de este nuevo régimen de crecimiento y si puede mejorar de modo significativo las condiciones de vida de los 350 millones de personas con una renta inferior a un dólar diario, o de los 800 millones con menos de dos dólares diarios. Con los criterios de valoración convencionales, se trataría de una economía que ha crecido rápidamente durante una período lo suficientemente largo como para que problemas sociales como la pobreza mostraran signos claros de haberse reducido. A primera vista éste parece ser el caso. La cifra de personas en la India por debajo del umbral de pobreza (defi nido en términos de ingesta diaria de calorías) supuestamente aumentó en 8 millones durante los años 1970, disminuyó en 21,8 millones en los 1980, aumentó en 13 millones a principios de los 1990 pero disminuyó de nuevo en 60 millones de mediados a fi nales de los 1990. Sin embargo, existe un considerable escepticismo sobre la fiabilidad de las estimaciones sobre la pobreza, hasta el punto de que las tasas de pobreza podrían ser el doble según el método de medida utilizado. Es imposible afi rmar a partir de los datos disponibles si la pobreza en la India ha aumento o ha disminuido desde 1991 (Palmer-Jones y Sen, 2001). Con mayor certidumbre se sabe si la desigualdad ha cambiado a partir de las reformas neoliberales de principios de los años 1990. Tal como afi rma un autor, el «excepcional crecimiento agregado» de la India ha ido acompañado de una creciente desigualdad (Basu, 2008) y tal como señalan otros, las desigualdades regionales de la India permanecieron en gran parte sin cambios durante los años 1980 pero aumentaron dramáticamente tras la adopción de las reformas (Kar y Sakthivel, 2007). En un informe de 2007, Inequality in Asia, el Banco para el Desarrollo Asiático (2007) señala que en la última década la mayoría de países asiáticos, especialmente los más poblados, China e India, han experimentado un aumento en la desigualdad, especialmente en la desigualdad absoluta (por ejemplo, diferencias absolutas en la renta del 20% de la población más rica respecto el 20% más pobre). Tal como el Banco para el Desarrollo Asiático afirma, de modo suave: «Los aumentos en la desigualdad reducen el impacto de la reducción de la pobreza de un cantidad determinada de crecimiento». Podemos añadir lo que es obvio, aunque el BDA no lo haga: esa «reducción» sucede porque casi toda la riqueza producida por el crecimiento neoliberal va a parar a unos pocos ricos.
¿Qué puede hacerse?
¿Cómo puede la izquierda influir en el debate antipobreza? De entrada, criticando las explicaciones existentes y las propuestas políticas como discursos superficiales que sirven a fines ideológicos. Para ello necesitamos poco más que aportar información fidedigna porque el neoliberalismo fracasa en sus propios términos declarados de reducción de la pobreza. Pero deconstruir el neoliberalismo y sus políticas antipobreza mediante la crítica es solo el principio de la lucha ideológica contra-hegemónica. Quizá más importante sea la reconstrucción del imaginario económico de la izquierda de modo que podamos aportar políticas más profundas y más transformadoras estructuralmente para acabar con la pobreza, trazando modelos alternativos de desarrollo. Ello puede hacerse a dos niveles relacionados entre ellos: con ideas de la izquierda liberal para mejorar las condiciones de la gente trabajadora dentro del capitalismo global existente; y con ideas de un desarrollo alternativo basado en los ideales políticos socialistas dirigidos a transformar el capitalismo global. En términos del primero, encontramos la competencia entre empresas para vender mercancías a los precios más bajos produciendo lo que se ha llamado una «carrera hacia abajo» —la competencia entre países para mantener bajos los salarios. La estrategia apropiada dentro del sistema existente es subir los estandares de vida de los trabajadores que están en el nivel más bajo de la escala salarial global. Para ello sugiero una campaña por el «salario mínimo global» llevada a cabo por los movimientos sociales (sindicales, ambientales, de consumidores, estudiantiles) con el objetivo de conseguir el compromiso gubernamental por unos estándares mínimos para los trabajadores en la economía global. En términos del segundo, el trabajo recibe una parte creciente del poder económico solo cuando el valor producido por los trabajadores circula fundamentalmente dentro de los sistemas de producción-consumo regionales y nacionales, en los que la productividad del trabajo puede relacionarse con los ingresos de los trabajadores, como en el régimen de políticas socialdemócratas-fordistas del período 1945-1980. Este vínculo se rompió por la globalización de la producción bajo el régimen subsecuente de políticas neoliberales. La estrategia apropiada es establecer «sistemas de valores regionales» por grupos de países, protegidos parcialmente de la competencia internacional, que compartan un compromiso en la producción que aumente el poder de los trabajadores y sus ingresos: el sistema que actualmente está emergiendo en Venezuela, Cuba, Bolivia y Ecuador indica el camino. La protección mediante aranceles, intervenciones no arancelarias, controles de capital, etc. elimina parcialmente a grupos de países de la competencia internacional. Ello permite a los estados intervencionistas establecer sus propios principios político-económicos que guíen sus políticas de desarrollo y antipobreza. Pero la protección también conlleva, necesariamente, el rechazo a invertir por parte del capital financiero global: una especie de «lock out» del capital global. En el contexto actual, esta estrategia de valor regional solo puede funcionar donde los fondos de inversión se generen localmente, como en las áreas que controlan los recursos clave necesarios para la economía global. A largo plazo debemos exigir un banco de desarrollo global que invierta en desarrollo alternativo. Y ello requiere un ambiente político bastante diferente del de la era neoliberal, uno que reaccione contra las trágicas consecuencias de las aventuras políticas neoconservadoras y de los terribles errores de las políticas económicas neoliberales y mire hacia el socialismo, la socialdemocracia y un compromiso real para acabar con la pobreza global, eliminando las raíces de la desigualdad.

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